Entradas

Mostrando las entradas de 2026

La luz que me acompaña

 Mientras escribo, me pregunto si la luz tenue y pálida de mi cuarto se cansa de permanecer inmóvil, observándome, medio inclinada, cada vez más vencida por la gravedad, sobre su parante metálico, corroído por la humedad que abunda en mi habitación. Recuerdo el día en que la adquirí. Me la presentaron como la novedad de las redes sociales. En mi cabeza, una buena luz me ayudaría a hacerme famoso. Hoy la pongo de espaldas y en modo cálido para evitar la fatiga visual. Esa luz que tantas veces ha alumbrado mi rostro sin quejarse. Me pregunto si estará tan cansada como yo de los días que parecen noches y de las noches tan largas. Ese accesorio de iluminación dejó de ser solo metal compacto y plástico: pasó a la lista de cosas inertes de mi dormitorio que, aunque inmóviles, me hacen compañía. He dado a luz muchas letras como estas. Por eso me pregunto: ¿se cansará más de darme luz o de hacerme compañía?

La bienvenida y el adiós

 Observo su rostro cansado y pálido. Su cuerpo, que albergaba tantas virtudes, se desvanece. De tanta vida que daba, solo le queda la que está perdiendo. Se le apagó la voz. Su boca es un sepulcro, como una profecía aún no pronunciada. Su piel, que fue lienzo de seda, se ha vuelto frágil pergamino. Duerme a mi lado. Su respiración pierde el compás, como si se despidiera del aire. Sus manos, delgadas y ya sin fuerzas, me tocan. Esas manos que fueron caricias, que dieron bienvenidas y adioses y que hoy se despiden con un roce. Beso su frente. Vigilo sus sueños, como ella vigilaba los míos, cuando su voz me arrullaba, sus brazos me cargaban y su paciencia me enseñaba que siempre había un límite más por descubrir. Es curioso despedir a quien me dio la bienvenida al mundo. Adiós, mitad de mi alma. Mi casa se vestirá de luto por tu ausencia y mi mente desempolvará, día tras día, un recuerdo tuyo. Hasta pronto.

La quietud de tus ojos

                                                         A MLDG Permanece el sabor del primer beso en mis labios; mi mente frecuenta el recuerdo de nuestra primera vez. Las casualidades tendieron un puente entre nuestros pasos y, aquella tarde, aun siendo gigantescamente distantes, tropezamos en la misma ruta. Cuántos rostros tuve que ver. Ay, de mis ojos, que fingieron tanto brillo para no menguar. Cuánto llanto tuvieron que purgar para callar a los fantasmas de ayeres. Ay, de mis pequeños ojos, de mirada taciturna y discordante. Cuánto tuvieron que mudar para ir a dar a aquel lugar de mala reputación, donde el viento los empujó por albur hasta la quietud de tus ojos perdidos, en cuyo reflejo hallaron el brillo que antes desgastaron.

Susúrrame algo al alma

Te escucho. Divagan mis sentidos. Me elevo lentamente: morfina que alivia dolores infinitos. Obedezco a los hilos de tu voz. Cada letra te pertenece, cada verso que siembras en mi inconsciente. Perfecta melodía. Me doy por vencido. El ruido del pensamiento se dispersa. Levito. Armonía inquietante entre la mente y el universo. Susúrrame algo al alma. Te escucho. Soy el recipiente donde te viertes, soy los dedos que presionas, soy la tecla que te transforma en palabras. Dime cómo te sientes. Cuéntame tus luces y tus sombras. Te escucho. Susúrrame al alma.

Pequeña amiga desconocida

Te lanzo estas palabras sin mesura. Me miras sin mirarme. No sabes que existo. No escuchas mis aullidos. Pero estás ahí: a veces menguante, a veces llena y otras, creciente. Pequeña amiga desconocida, te miro y olvido la gravedad. Tus sombras me hablan y creo escuchar sus palabras, llenas de ausencia, de tanta oscuridad, de tantos conjuros. Tus sombras condensan el llanto, los gritos de quienes, como yo, te hablan sin creer que serán oídos. Pequeña amiga desconocida, que brillas con luz ajena, guardiana secreta de mis constantes desvelos, renuevo contigo este pacto ajeno: hablarte sin que me escuches y escucharte sin que me hables.

Bucle

Me va a tomar tiempo sonreír con sinceridad. Letras de canciones, poemas, todo aquello que te escribí y dije se encuentra agrupado en ese lado de la memoria que no muere. Quizá el reflejo de tu imagen en mi cabeza ya no sea más que un fantasma que distorsiona lo que solías ser. Quizá ya no soy el mismo a quien solías amar; de lo contrario, estarías aquí, no solo como un recuerdo intransigente. Tu perfume ácido me persigue cada vez que mi mente te nombra. Tus pasos sin compás aún transitan en mis sueños. Te esparces: humo agitado en el incendio, pulmones sin oxígeno, ojos exorbitados, cianosis, hollín. Abro los ojos: tu reflejo despertó conmigo, tu perfume traspasó mis sueños.

Anatomía de lo que fuimos

Pasión inyectada, rompiendo la calma: avalancha imprudente, tu mano derecha acompañando la mía.   Labios libidinosos cumpliendo un sacramento. Dos cuerpos haciéndose un nudo en el alma, abandonando futuros que ya venían con trampa.   Pieles transpirando sentimientos etéreos, placeres recalcitrantes saciándose de noches y días.   Nunca fuimos: ni dos, ni uno solo.   Fuimos el techo de estrellas, la luna menguante.   También fuimos las calles y el parque, la cama húmeda, gemidos de guerras, la noche, la brisa del mar, el cuadro observando, la mesa y el sofá, el sudor y la sal, las palabras previas, las copas con vino, los nervios del azar.   Todo eso fuimos Todo eso que perdimos.

Gravedad

Caigo en tu gravedad.  Cuando escucho tu voz, mis átomos se expanden, mis pupilas descubren fibras de colores, mi olfato tupido respira el mundo entero y mi tacto te guarda en su memoria. Soy un ser elevado. Cuando estás conmigo, me vuelvo un poco más yo: tierno, travieso, torpe e imperfecto. Mi sexo explota y se reinventa en tu cuerpo. Sobrevuelo. Cuando estoy contigo, mi espíritu se alimenta y se conecta con la esencia del todo. Cuando escucho tu voz, cuando estás conmigo, cuando estoy contigo, enero y diciembre, calor o frío, da lo mismo.

Miedo afiebrado

Te puedo oler en mis entrañas. Recorres sin permiso mi sangre y te vuelves yo. Mi mente ya no me obedece; es esclava tuya. Febril deseo de estancarme en la nada. Siento asco, náuseas y frío. No me reconozco. Mis manos sudan tu agua; mi voz titubea en tu compás. Taquicardia, dolor de muela. Ansiedad en mis ojos rompiendo represas. Y tú, disfrutando mi debacle. Miedo afiebrado, Te pido una tregua para esta muerte lenta, pero segura.

Tic Tac

 Anda, corre, sigue: nada amarra tus pasos. Siéntete libre de profanar tus fantasmas; rompe el círculo vicioso que te arrastra. ¡Corre! Estás a tiempo: el reloj aún no se detiene. Tic tac. Tic tac. Todo lo demás continúa sin ti. Y tú, absorto haciendo pausa, esperando otro Big Bang. Tic tac. Tic tac. Tu casa, que fue festín y abundancia, ahora es féretro de despojos; ahora es tierra de muertos, maldición ancestral. Anda, corre. Seca el polvo que se volvió barro en tus ojos. Tic tac. Tic tac.

Garúa

 Mi cabeza convulsiona. El frío de afuera no deja concentrarme; se escabulle por los agujeros de las puertas mal cerradas y sube por las aberturas del ruedo de mi pantalón. Todo es un círculo vicioso. El sueño me adormece. Tú entiendes lo que quiero decir. Ahora mismo sé que divago. Últimamente el clima está equivocándose demasiado. En invierno, el sol salió más que el verano pasado y, ahora mismo, que es primavera, no ha dejado de garuar en todo el día. La ciudad se ha perfumado de tierra mojada, se ha calzado de barro y se ha vestido de charcos. Calles llenas de gente triste, como yo, que ama la lluvia, pero odia limpiar lo que ensucia. Trenes mojados, parabrisas empañados, ciudad de lodo y cemento mal labrado. Y, en medio de todo, yo, caminando, rumbo a cumplir la rutina como una hormiga obrera. Nadie distingue el llanto entre tanta garúa que lo oculta. Y, al pasar las horas, el frío se ancla en mis pupilas dilatadas. Mis manos entumecidas se esconden en las hendiduras de mi cas...

Mentiras

  Mentiras, inyecciones recalcitrantes de dopamina, proyecciones de asfalto. Brillantina barata, pestañeada en insomnio. Mentiras: caballo de Troya, manzana de Edén, silencio de tu boca. Y aun así, ese silencio vale más que un infierno de placeres ficticios, donde hasta el pudor se mancha en el cristalino de tus labios.

El nombre que te nombra

Ansiedad. Sueño. Hambre de historias que se repiten en mi cabeza. Párpados adormecidos que no se cierran. Otra noche que se hizo día en mis ojos. Mi cerebro teje telarañas interminables: posibilidades de todo, dolor, espasmos, muerte. Y el nombre de alguien, como un sonido que rechina en lo enmudecido de mis sentidos. Ese nombre, dueño de mi ansiedad, de mi sueño, del hambre de mis párpados, de esta noche, de mi cerebro desprendido de la realidad, de las telarañas del dolor, de los espasmos y de mi muerte cada noche en el insomnio que te nombra. 

Fotografía

Imagen
Te miro con tu camisita celeste floreada y esa tacita roja entre las manos. Me miras desde la foto con tus ojitos cafés, que aún no conocen las lágrimas de amor ni saben quién soy, pero ya guardan ausencias cristalizadas. Te miro y me miras. Tu sonrisa de escena, abierta y luminosa, quedó suspendida en ese instante, como si todo fuera perfecto. Tu piel tersa, color canela, todavía no conoce los surcos del tiempo en ese rostro pequeño: las orejas amplias, la nariz de cálida simetría. Tu cabello lacio aún no sospecha que un día llegarán los rizos y, en la adolescencia, la escasez. Te miro desde el celular con estos ojos que fueron tuyos y que han visto tanto que ya se cansaron. Perdóname, pequeño, si ves romperse el hielo del alma en mi mirada. No puedo disimular que han pasado treinta años desde aquella sonrisa.

El año que nací

El año en que nací tiene un poemario en los labios: El huso de la palabra , de José Watanabe. Tiene una Guerra Fría silenciada, protestas, violencia y la Revolución rumana. Tiene sangre hirviendo que aún no descansa. La inauguración de la pirámide del Louvre, La sociedad de los poetas muertos . Y tiene más. Y tiene más. 

Piedras en los bolsillos

 Sobrepienso, siento la palpitación del tiempo acelerándose en mis sienes, golpeando mis venas cual pisadas de caballería galopante. Me veo acorralado; el tiempo me alcanza. Corre más rápido que yo. Hoy mi cabeza pesa el doble por cada segundo sumando frames a la memoria. Riachuelos dando de beber a nostalgias muertas que echaron raíces en el depósito del alma. Una sola alma que carga la conciencia de cien almas en pena. ¡Ay de mi alma! ¡Ay de mí! Pasaron los diez, los veinte y los treinta, cada vez más lentos, como si llevaran piedras en sus bolsillos. Y no me di cuenta. ¡Ay de mi alma! ¡Ay de mí! Tantas lunas empañadas por inviernos desalmados que cristalizaron el dolor del frío en mi ser.

Habitación sin ventanas

 10:30 de la mañana, sábado 26 de septiembre, Lima, Perú. Este breve espacio de calcetines tirados, ropa amontonada, libros desordenados, pastillas y llaves sueltas en el buró es mi habitación: de paredes blancas, sin ventanas. El aire en círculo se cansa y se detiene, y aquí adentro la gravedad es más densa que afuera. Ganas de romper a llorar en silencio. Nadie puede saber que cargo sueños rotos; nadie puede asomarse a ver mis heridas. Son mías; me han hecho compañía desde temprana edad. 10:47. Medio sentado, apoyado en la almohada, escribo sin saber la dirección de nada. Creo que esto habla de mí o quizá de todos; no estoy seguro. Echo a andar las letras, como quien suelta y suelta; como el niño que forma trazos que no sabe qué son, pero que la psicología interpreta. Ahora mismo soy el niño que no sabe si continuar jugando o si es mejor romper el itinerario. 10:51. La música de fondo ayuda mucho a que la musa vestida de letras se asome. Le doy la bienvenida a mi cuarto sin venta...

Los surcos del tiempo

 El tiempo aciago se ríe con risa burlona en mi cara. El tiempo se cuelga de los surcos de mi rostro, gritando que mi albor ya transmutó, que proceda a resignarme al ocaso, donde se fue el alborozo de mis años fértiles. Mis sienes, cansadas del albur del tiempo, buscan en atávicas mortajas algún sueño elucubrado. Guardar esos momentos etéreos en algún ignoto rincón del alma hace que sobreviva, con las ganas inmarcibles, como una brasa que se niega a morir. Pero todavía allí, aun allí, el tiempo logra cruzar el linde. Y el silencio lúgubre se rompe, desvaneciéndose el nimbo prístino que parecía sempiterno. Y yo, en medio de esta penumbra, logro soslayar la soledad umbría. Casi yerto, con los ojos abiertos, pero resignado lóbregamente a ver pasar el tiempo en mi piel, en mis ojos y en todo lo que forma quien soy.

Tarde

Llegamos tarde para un beso, Llegamos tarde para vivir el sueño  Llegamos tarde 

Aquí siguen mis letras

  Tal vez mañana nadie recuerde mi nombre, ni estos versos escritos en noches interminables. Tal vez el tiempo termine cubriendo de polvo cada palabra que alguna vez me salvó del abismo. Pero aquí siguen mis letras, resistiendo conmigo. Aquí siguen, como pequeñas pruebas de que alguna vez sentí demasiado, de que amé aun cuando dolía, de que sobreviví escribiendo. Porque mientras otros aprendían a olvidar, yo aprendí a desahogarme entre poemas. Y aunque muchas veces dudé de mí mismo, estas letras fueron el único lugar donde siempre pude decir la verdad. Así que si algún día alguien pregunta quién fui, no miren mis errores ni mis derrotas: lean mis poemas. Porque ahí permanece intacto todo lo que alguna vez fui capaz de sentir.

Me voy de tu vida

Ya me voy de tu vida. Hice de todo para que recordaras lo importante que eres. Ojalá hayas comprendido aunque sea una mínima parte de mi lenguaje, de todo aquello que intenté decirte incluso cuando callaba. Me voy porque necesito respirar lejos de este sentimiento que, a veces, pesa demasiado. Porque quiero volver a encontrarme conmigo mismo, más allá de vivir pensando en alguien más hasta el punto de olvidarme de mí. Me voy porque tú y yo jamás encontramos espacio en el mismo futuro. Coincidimos en muchas cosas, pero nunca supimos construir un destino compartido. Me voy porque necesito reiniciar estos pensamientos cubiertos de nubes grises y desviar todos los caminos que, inevitablemente, terminan llevándome hacia ti. Y quizá sea lo mejor para ambos: tú conservarás a alguien que siempre te recordará de una forma bonita, y yo me quedaré con la tranquilidad de haber sido auténtico contigo. Hoy ya no quiero pertenecerle a nadie. Quiero aprender a ser solamente mío, aunque sue...