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Mostrando las entradas de septiembre, 2026

El nombre que te nombra

Ansiedad. Sueño. Hambre de historias que se repiten en mi cabeza. Párpados adormecidos que no se cierran. Otra noche que se hizo día en mis ojos. Mi cerebro teje telarañas interminables: posibilidades de todo, dolor, espasmos, muerte. Y el nombre de alguien, como un sonido que rechina en lo enmudecido de mis sentidos. Ese nombre, dueño de mi ansiedad, de mi sueño, del hambre de mis párpados, de esta noche, de mi cerebro desprendido de la realidad, de las telarañas del dolor, de los espasmos y de mi muerte cada noche en el insomnio que te nombra. 

Fotografía

Imagen
Te miro con tu camisita celeste floreada y esa tacita roja entre las manos. Me miras desde la foto con tus ojitos cafés, que aún no conocen las lágrimas de amor ni saben quién soy, pero ya guardan ausencias cristalizadas. Te miro y me miras. Tu sonrisa de escena, abierta y luminosa, quedó suspendida en ese instante, como si todo fuera perfecto. Tu piel tersa, color canela, todavía no conoce los surcos del tiempo en ese rostro pequeño: las orejas amplias, la nariz de cálida simetría. Tu cabello lacio aún no sospecha que un día llegarán los rizos y, en la adolescencia, la escasez. Te miro desde el celular con estos ojos que fueron tuyos y que han visto tanto que ya se cansaron. Perdóname, pequeño, si ves romperse el hielo del alma en mi mirada. No puedo disimular que han pasado treinta años desde aquella sonrisa.

El año que nací

El año en que nací tiene un poemario en los labios: El huso de la palabra , de José Watanabe. Tiene una Guerra Fría silenciada, protestas, violencia y la Revolución rumana. Tiene sangre hirviendo que aún no descansa. La inauguración de la pirámide del Louvre, La sociedad de los poetas muertos . Y tiene más. Y tiene más. 

Piedras en los bolsillos

 Sobrepienso, siento la palpitación del tiempo acelerándose en mis sienes, golpeando mis venas cual pisadas de caballería galopante. Me veo acorralado; el tiempo me alcanza. Corre más rápido que yo. Hoy mi cabeza pesa el doble por cada segundo sumando frames a la memoria. Riachuelos dando de beber a nostalgias muertas que echaron raíces en el depósito del alma. Una sola alma que carga la conciencia de cien almas en pena. ¡Ay de mi alma! ¡Ay de mí! Pasaron los diez, los veinte y los treinta, cada vez más lentos, como si llevaran piedras en sus bolsillos. Y no me di cuenta. ¡Ay de mi alma! ¡Ay de mí! Tantas lunas empañadas por inviernos desalmados que cristalizaron el dolor del frío en mi ser.

Habitación sin ventanas

 10:30 de la mañana, sábado 26 de septiembre, Lima, Perú. Este breve espacio de calcetines tirados, ropa amontonada, libros desordenados, pastillas y llaves sueltas en el buró es mi habitación: de paredes blancas, sin ventanas. El aire en círculo se cansa y se detiene, y aquí adentro la gravedad es más densa que afuera. Ganas de romper a llorar en silencio. Nadie puede saber que cargo sueños rotos; nadie puede asomarse a ver mis heridas. Son mías; me han hecho compañía desde temprana edad. 10:47. Medio sentado, apoyado en la almohada, escribo sin saber la dirección de nada. Creo que esto habla de mí o quizá de todos; no estoy seguro. Echo a andar las letras, como quien suelta y suelta; como el niño que forma trazos que no sabe qué son, pero que la psicología interpreta. Ahora mismo soy el niño que no sabe si continuar jugando o si es mejor romper el itinerario. 10:51. La música de fondo ayuda mucho a que la musa vestida de letras se asome. Le doy la bienvenida a mi cuarto sin venta...

Los surcos del tiempo

 El tiempo aciago se ríe con risa burlona en mi cara. El tiempo se cuelga de los surcos de mi rostro, gritando que mi albor ya transmutó, que proceda a resignarme al ocaso, donde se fue el alborozo de mis años fértiles. Mis sienes, cansadas del albur del tiempo, buscan en atávicas mortajas algún sueño elucubrado. Guardar esos momentos etéreos en algún ignoto rincón del alma hace que sobreviva, con las ganas inmarcibles, como una brasa que se niega a morir. Pero todavía allí, aun allí, el tiempo logra cruzar el linde. Y el silencio lúgubre se rompe, desvaneciéndose el nimbo prístino que parecía sempiterno. Y yo, en medio de esta penumbra, logro soslayar la soledad umbría. Casi yerto, con los ojos abiertos, pero resignado lóbregamente a ver pasar el tiempo en mi piel, en mis ojos y en todo lo que forma quien soy.

Tarde

Llegamos tarde para un beso, Llegamos tarde para vivir el sueño  Llegamos tarde