Sin escusas, sin miedos, sin mí
Ahora que estoy desnudo frente a ti —sin excusas, sin pretextos, sin muros que amortigüen mi verdad— entiendo que el futuro ya no intimida. Camino descalzo y el suelo no hiere, porque tu presencia ha aprendido a volver amable incluso lo incierto. Ahora que contigo dejé de temerle a las alturas, sé que puedo soltarme dentro de tus ojos como quien se arroja a un lugar que reconoce. Ahí no soy extranjero: mi nombre no necesita traducción y mi silencio también es bienvenido. Ahora que eres copropietaria de mis palabras y heredera legítima de mis pausas, comprendes lo que intento decir cuando te confieso que el huracán que me habita gira según tu centro. Como el cíclope que confía toda su visión a la fragilidad de un solo ojo, así dependo de ti para mirar sin perderme. Ahora que envié de vacaciones a mi ego imprudente, puedo tropezar conmigo mismo sin arrastrar culpas antiguas. Ahora que mi idea de “para siempre” lleva tu nombre adherido como una señal imborrable, aprendo a jugar a la liber...