Los surcos del tiempo
El tiempo aciago se ríe con risa burlona en mi cara.
El tiempo
se cuelga de los surcos de mi rostro,
gritando que mi albor ya transmutó,
que proceda a resignarme al ocaso,
donde se fue el alborozo de mis años fértiles.
Mis sienes, cansadas del albur del tiempo,
buscan en atávicas mortajas algún sueño elucubrado.
Guardar esos momentos etéreos
en algún ignoto rincón del alma
hace que sobreviva,
con las ganas inmarcibles,
como una brasa que se niega a morir.
Pero todavía allí, aun allí,
el tiempo logra cruzar el linde.
Y el silencio lúgubre se rompe,
desvaneciéndose el nimbo prístino
que parecía sempiterno.
Y yo, en medio de esta penumbra,
logro soslayar la soledad umbría.
Casi yerto,
con los ojos abiertos,
pero resignado lóbregamente
a ver pasar el tiempo
en mi piel, en mis ojos
y en todo lo que forma quien soy.
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