Un fantasma me persigue
Luces apagadas. La música arde a todo volumen, como si pudiera tapar el ruido de lo que pienso. Escribo para vaciarme después de tanto silencio. He cruzado, cuerpos y estaciones desde la última vez que lo hice, y aun así, casi todo me ha devuelto al mismo punto: este cuarto mental donde el pasado no aprende a irse. Decir adiós fue una herida lenta. Han pasado cuatro años y todavía sangra. No voy a mentir. Por alguna razón absurda —casi cruel— sigo imaginando la posibilidad de volver a verla. La idea ridícula de que, tal vez, aún habite en su memoria, aunque sea como un recuerdo mal enfocado, una sombra que no termina de desaparecer. Fui yo quien decidió marcharse. Fui yo quien cerró la puerta después de que Gia abandonara la habitación donde alguna vez intentamos ser hogar. Y aun así, no sé si elegí bien. El “qué habría pasado si nos quedamos” sigue girando en mi cabeza como una discoteca rayada. Han pasado cuatro años, casi el mismo tiempo que habría durado una historia en la que...