La bienvenida y el adiós

 Observo su rostro cansado y pálido.

Su cuerpo, que albergaba tantas virtudes,

se desvanece.


De tanta vida que daba,

solo le queda la que está perdiendo.


Se le apagó la voz.

Su boca es un sepulcro,

como una profecía aún no pronunciada.


Su piel, que fue lienzo de seda,

se ha vuelto frágil pergamino.


Duerme a mi lado.

Su respiración pierde el compás,

como si se despidiera del aire.


Sus manos, delgadas y ya sin fuerzas, me tocan.

Esas manos que fueron caricias,

que dieron bienvenidas y adioses

y que hoy se despiden con un roce.


Beso su frente.

Vigilo sus sueños,

como ella vigilaba los míos,

cuando su voz me arrullaba,

sus brazos me cargaban

y su paciencia me enseñaba

que siempre había un límite más por descubrir.


Es curioso despedir

a quien me dio la bienvenida al mundo.


Adiós, mitad de mi alma.

Mi casa se vestirá de luto por tu ausencia

y mi mente desempolvará, día tras día,

un recuerdo tuyo.


Hasta pronto.

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