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Mostrando las entradas de enero, 2020

Mi casa y tú

Entró sigilosamente en la casa deshabitada, cuando el polvo ya parecía parte de las paredes y los silencios pesaban más que los muebles vacíos. Había ruidos afuera: autos, perros, voces perdidas en la madrugada. Pero dentro… dentro habitaba otro tipo de ruido: ese que hace la conciencia cuando no encuentra descanso. La casa olía a abandono. A humedad antigua. A despedidas. Las grietas parecían abiertas desde hacía años, como heridas que nadie quiso volver a tocar. Y aun así, entró. No con intención de saquearla; ya no quedaba nada valioso por llevarse. Otros habían pasado antes, arrasándolo todo. Solo quedaban restos: polvo, humo viejo y esa sensación amarga de los lugares donde alguna vez hubo vida. La observó en silencio, casi con tristeza, como quien encuentra algo roto y aun así no puede dejar de verlo hermoso. Y en vez de contar los daños, decidió quedarse. Entonces empezó lo imposible. Sacudió el polvo con una delicadeza extraña, ...

Que falte todo

Que me falte el aire, que el sol se apague y el tiempo olvide seguir avanzando. Que desaparezcan los relojes, que me abandone el sueño, incluso Dios, si así lo quiere el destino. Que las risas se extingan y la vida se cubra de desilusión. Que el mundo se derrumbe en diez mil pedazos… pero que no me faltes tú. Porque aprendí a sentirme completo solo estando a tu lado, y desde entonces no conozco otra forma de sobrevivir. Que falte la luna, que se apaguen las canciones, menos la calma que nace de tu inspiración. Menos tus labios, capaces de crear universos enteros con apenas pronunciar mi nombre.