Mi casa y tú
Entró sigilosamente en la casa deshabitada, cuando el polvo ya parecía parte de las paredes y los silencios pesaban más que los muebles vacíos. Había ruidos afuera: autos, perros, voces perdidas en la madrugada. Pero dentro… dentro habitaba otro tipo de ruido: ese que hace la conciencia cuando no encuentra descanso. La casa olía a abandono. A humedad antigua. A despedidas. Las grietas parecían abiertas desde hacía años, como heridas que nadie quiso volver a tocar. Y aun así, entró. No con intención de saquearla; ya no quedaba nada valioso por llevarse. Otros habían pasado antes, arrasándolo todo. Solo quedaban restos: polvo, humo viejo y esa sensación amarga de los lugares donde alguna vez hubo vida. La observó en silencio, casi con tristeza, como quien encuentra algo roto y aun así no puede dejar de verlo hermoso. Y en vez de contar los daños, decidió quedarse. Entonces empezó lo imposible. Sacudió el polvo con una delicadeza extraña, ...