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Mostrando las entradas de junio, 2018

Transeúnte del exilio

Cuando vuelves del exilio, la única alternativa que te queda es merodear por los rincones de lo poco que quedó de ti un día anterior. Es como caminar en círculos, sin saber si al final tu camino será incierto o si tus pasos te llevarán al puerto que tanto esperas, ese que nunca termina de asomarse a la vuelta de la esquina. Solo te quedas en alerta, como un perro esperando las migajas de cualquier transeúnte. Y ves pasar el mundo, la gente, sus problemas, sus afanes… y te sientes minúsculo ante el peso de todo lo que te absorbe. Como si fueras apenas un punto más en la ecuación del universo, un punto con vida, cargando culpas pasadas y ausencias de quienes ya no volverán, y cuyos recuerdos te persiguen como un pulso constante dentro del pecho. Cuando vuelves del exilio, después de haberte desenamorado tantas veces de ti mismo, te das cuenta de que, por más que te odies, tú —con tus creencias, tus miedos y ese enjambre de pretextos que te habita— eres lo único que realme...