Entradas

Intrusos

Pensamientos intrusivos se desbocan en mi orilla: dudas, deudas, escasez y el tiempo, que vuela sin freno. Tratan de alcanzarme, pero los esquivo escribiendo, porque aquí, en estas letras que cargan el peso de mi alma, despejo mi mente, respiro y me desinhibo. Cinco renglones más y termino. Quiero disociarme de la realidad por un minuto, romper a llorar en mis letras, aunque nadie las escuche ni las lea, aunque afuera todo siga igual sin mí.

Las formas de guardarte

Te guardo en la gravedad de mis palabras, en la levitación de mis poemas, en la transpiración de mi alma. Ahí te guardo. Te abrigo con los tentáculos de mis ganas, en este presente de minutos ahogados, en mi futuro desesperado. Ahí te abrigo. Te beso con las yemas de mis dedos, que te dibujan y te nombran en la ausencia. Te beso con el reflejo de mis ojos, con mi sombra persiguiendo tus pasos. Te cargo en la furia de mis tornados, en la calma de mis bálsamos, en la locura de mis silencios, en el ruido de mi corazón. Te guardo, te abrigo, te beso y te cargo, porque mi ADN dice que soy tuyo y tu genealogía, que llevas algo de mí.

Fiebre del disco blanco

 El atardecer de las flores en verano me recuerda aquellas tardes de mi infancia: piecitos descalzos andando sobre la arena de mi desierto, juegos de niños buscando sombra, horas incandescentes, asoleados bajo el sol, párvulos inmunes a la fiebre del disco blanco, bajo sus rayos, amarillos por ilusión óptica. El atardecer sobre el cemento que hoy cubre la arena en la que jugaba rebota el reflejo del sol en mis ojos y me ciega. Hoy, que hay menos arena que antes, hoy, que hay menos infantes en la calle, hoy, que las horas pasan más rápido, amo lentamente y con nostalgia lo que fui sobre mi arena caliente.

La luz que me acompaña

 Mientras escribo, me pregunto si la luz tenue y pálida de mi cuarto se cansa de permanecer inmóvil, observándome, medio inclinada, cada vez más vencida por la gravedad, sobre su parante metálico, corroído por la humedad que abunda en mi habitación. Recuerdo el día en que la adquirí. Me la presentaron como la novedad de las redes sociales. En mi cabeza, una buena luz me ayudaría a hacerme famoso. Hoy la pongo de espaldas y en modo cálido para evitar la fatiga visual. Esa luz que tantas veces ha alumbrado mi rostro sin quejarse. Me pregunto si estará tan cansada como yo de los días que parecen noches y de las noches tan largas. Ese accesorio de iluminación dejó de ser solo metal compacto y plástico: pasó a la lista de cosas inertes de mi dormitorio que, aunque inmóviles, me hacen compañía. He dado a luz muchas letras como estas. Por eso me pregunto: ¿se cansará más de darme luz o de hacerme compañía?

La bienvenida y el adiós

 Observo su rostro cansado y pálido. Su cuerpo, que albergaba tantas virtudes, se desvanece. De tanta vida que daba, solo le queda la que está perdiendo. Se le apagó la voz. Su boca es un sepulcro, como una profecía aún no pronunciada. Su piel, que fue lienzo de seda, se ha vuelto frágil pergamino. Duerme a mi lado. Su respiración pierde el compás, como si se despidiera del aire. Sus manos, delgadas y ya sin fuerzas, me tocan. Esas manos que fueron caricias, que dieron bienvenidas y adioses y que hoy se despiden con un roce. Beso su frente. Vigilo sus sueños, como ella vigilaba los míos, cuando su voz me arrullaba, sus brazos me cargaban y su paciencia me enseñaba que siempre había un límite más por descubrir. Es curioso despedir a quien me dio la bienvenida al mundo. Adiós, mitad de mi alma. Mi casa se vestirá de luto por tu ausencia y mi mente desempolvará, día tras día, un recuerdo tuyo. Hasta pronto.

La quietud de tus ojos

                                                         A MLDG Permanece el sabor del primer beso en mis labios; mi mente frecuenta el recuerdo de nuestra primera vez. Las casualidades tendieron un puente entre nuestros pasos y, aquella tarde, aun siendo gigantescamente distantes, tropezamos en la misma ruta. Cuántos rostros tuve que ver. Ay, de mis ojos, que fingieron tanto brillo para no menguar. Cuánto llanto tuvieron que purgar para callar a los fantasmas de ayeres. Ay, de mis pequeños ojos, de mirada taciturna y discordante. Cuánto tuvieron que mudar para ir a dar a aquel lugar de mala reputación, donde el viento los empujó por albur hasta la quietud de tus ojos perdidos, en cuyo reflejo hallaron el brillo que antes desgastaron.

Susúrrame algo al alma

Te escucho. Divagan mis sentidos. Me elevo lentamente: morfina que alivia dolores infinitos. Obedezco a los hilos de tu voz. Cada letra te pertenece, cada verso que siembras en mi inconsciente. Perfecta melodía. Me doy por vencido. El ruido del pensamiento se dispersa. Levito. Armonía inquietante entre la mente y el universo. Susúrrame algo al alma. Te escucho. Soy el recipiente donde te viertes, soy los dedos que presionas, soy la tecla que te transforma en palabras. Dime cómo te sientes. Cuéntame tus luces y tus sombras. Te escucho. Susúrrame al alma.