Habitación sin ventanas
10:30 de la mañana, sábado 26 de septiembre, Lima, Perú.
Este breve espacio de calcetines tirados, ropa amontonada, libros desordenados, pastillas y llaves sueltas en el buró es mi habitación: de paredes blancas, sin ventanas. El aire en círculo se cansa y se detiene, y aquí adentro la gravedad es más densa que afuera. Ganas de romper a llorar en silencio. Nadie puede saber que cargo sueños rotos; nadie puede asomarse a ver mis heridas. Son mías; me han hecho compañía desde temprana edad.
10:47. Medio sentado, apoyado en la almohada, escribo sin saber la dirección de nada. Creo que esto habla de mí o quizá de todos; no estoy seguro. Echo a andar las letras, como quien suelta y suelta; como el niño que forma trazos que no sabe qué son, pero que la psicología interpreta. Ahora mismo soy el niño que no sabe si continuar jugando o si es mejor romper el itinerario.
10:51. La música de fondo ayuda mucho a que la musa vestida de letras se asome. Le doy la bienvenida a mi cuarto sin ventanas. La miro al compás del viento; la veo en mis ojos, en la yema de mis dedos, resumiéndose, hilvanando palabras.
En pausa
Me detengo. Oigo todo.
Mis sentidos, alertas, investigan si alguien escucha mis pensamientos. Suenan el piano en re menor y el violonchelo de fondo. Los pensamientos intrusivos me detienen y desvían el foco.
Este cuarto sin ventanas tiene tantos fantasmas encerrados, tantos llantos, tantas risas, tantos suspiros, tanto ruido y tanto silencio. Tantas travesuras. Pero nadie debe saber que aún las acaricio, que aún me duermo en la nostalgia, que desgasto los recuerdos y que de ellos sobrevivo, encerrado en este cuarto sin ventanas y de paredes blancas desteñidas.
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