“TE AMO TANTO, PERO ME SIENTO TAN SOLA”.
Cuando la conoció,
ella tenía quince años
y cursaba la secundaria.
Él le llevaba flores y cartas de enamorado,
hasta que un día sus miradas se encontraron.
Le preguntó, con
voz temblorosa, si quería ser su novia,
y ella respondió que era amor a primera vista.
Abrazos y besos sellaron aquel inicio,
y así comenzaron meses de compañía.
En uno de esos
encuentros, Juan decidió el destino:
le propuso un matrimonio repentino.
Ella lo pensó un instante, y luego aceptó,
y el amor pareció iluminar sus caminos.
Pero el tiempo
siguió su curso, y ya nada era igual.
Él, absorbido por el trabajo; ella, cada vez más sola.
Los gestos se hicieron escasos, la ternura distante,
y la rutina ocupó el lugar de lo que antes era amor.
Un día, en medio de
la distancia, llegó una carta.
Letras claras, pero cargadas de algo que no se decía del todo.
Al leerla, Juan sintió cómo algo dentro de él se rompía
sin hacer ruido, pero con peso.
Era una noticia que
hablaba de ausencia definitiva.
La hoja cayó de sus manos antes de terminar de entenderla.
Y él corrió, sin pensar, guiado por un miedo antiguo,
hacia el lugar donde todo aún podía ser memoria.
El hogar ya no era
el mismo.
Había silencio, gente, miradas ajenas.
Y entre todo eso, la verdad que no quería nombrar.
El dolor lo sostuvo
de pie unos segundos…
luego solo quedó el vacío.
Años después, entre
sus cosas, encontró otra carta.
La letra de ella, intacta en el tiempo, parecía susurrar lo imposible.
Y en el centro, como una herida suave, una frase quedó suspendida:
“TE AMO TANTO…
PERO ME SIENTO TAN SOLA”.
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