Sinfonía de un espacio vacío

Hoy vivo aquí, a kilómetros de lo que antes llamaba hogar.
Una silla amarilla, un televisor de veintiún pulgadas,
una mesa descascarada y un techo que no alcanzo
se vuelven ojos y me observan,
como quien vigila mis actos.

Son las doce del mediodía
y me aferro a la cama.
El teclado de mi laptop obedece a mis manos
mientras escribo sin saber el motivo
ni aquello que realmente busco.

Unos audífonos en mis oídos me acercan
a Silvio, a Aute y a Milanés,
y floto simplemente…

Entonces, el espacio vacío
de ese alguien que se quedó en algún lugar
empieza a pesar más
que todo el concreto que me rodea.

Una lágrima nace en mis ojos
al escuchar Qué hago contigo de Silvio.
¿Habrá alguien que entienda lo que causan las canciones?
Pueden elevarnos en sus notas
hasta el rincón más lejano de la vida,
o desenterrar memorias antiguas
con una precisión devastadora:

te apedrean el alma
o la acarician como plumas
haciendo cosquillas en los nervios.

Tanto tiempo escribiendo
y yo envejezco, pero mis letras no.
Me han salido arrugas,
uno que otro dolor,
y ya hay huesos que piden descanso
mientras la juventud se aleja,
como se aleja el día
en el reloj de todos allá afuera.

Terminaré de escribir
como termina una canción triste:
con rezagos de ayer,
con la mirada discordante

y el alma un poco más vacía que antes;
pero con el ceño erguido
por haber obedecido
a esta alma disociante.

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