HERIDAS DEL ALMA
Una ventana oxidada, con vidrios empolvados.
La misma mirada frágil, con anemia de libertad.
Dibujando un ave en la luna, olfateando el aire de los
demás;
Queriendo ser el ave en esa luna; o cualquiera andando.
Martha, Juana, María, Lucía, Francisca o Isabel;
Es la misma, con las mismas marcas en la piel;
Y las mismas heridas del alma, que ni el alcohol cicatrizó;
Causadas por una mano, que un día entre carias la amó.
Ella, con la que limpian el piso, como si fuera inservible,
Mientras que la indiferencia le surte una bofetada sin
piedad,
Que vale por dos, por veinte, por cien que suman miles;
Silencios de un mundo mudo por propia voluntad.
Ella, que es tu madre, tu hermana, tu prima o tu vecina,
La que dice “todo esta bien” agachando la cabeza
Para no hacer notar sus cicatrizadas heridas.
Ella sólo te pide a
gritos en su silencio:
NO seas cómplice de
la indiferencia.