Amor Inoxidable
Valeria vivía a una cuadra de mi casa. Nos conocimos desde pequeños,
recuerdo que mi madre a veces cuidaba de ella, cuando su mamá tenía que
trabajar. Ella nunca conoció a su padre; dicen que murió en un accidente
semanas después de que ella naciera, pero esa es otra historia, y quiero
ahondar en la nuestra. Ella me atrajo desde adolescente, recuerdo la vez en
que nos fuimos de paseo en primavera, cuando justo su salón y el mío fueron
al mismo lugar, fue una coincidencia. Ella era una chica muy linda, pero tímida,
un poco huraña diría yo, sólo a veces se le veía hablando con alguien. Hasta
que un día de tanto mirarla descubrí que me gustaba, y se lo dije mas de una
vez, pero siempre me rechazaba, lo hacia como quien dice: “no me molestes y
punto”. Nunca me resignaba tan fácil, sería cuestión de tiempo, eso imaginaba.
Durante toda la secundaría yo intenté en vano algo con ella. Luego al año
siguiente de salir de la escuela su mamá y ella se mudaron a otro distrito lejos
de aquí. Pensé: todo está consumado. Nunca más la veré. Y con ese
pensamiento me mantuve durante estos 5 años, claro que pensé en varías
oportunidades, qué sería de ella, quise buscarla, pero al final desistía de mis
ganas de verla.
Por mi parte me dedique a estudiar letras, sabía que con esta profesión no
ganaría ni un centavo, o por lo menos no lo suficiente, para este entonces mis
padres ya se habían separado 2 años después de que se fuera Vale.
Pero regresando a nuestra historia, a pesar de las tantas aventuras que tuve en
el transcurso de ese tiempo, ella se metía en mi cabeza, con el vaivén de mis
días.
Una noche de reencuentro con mis compañeros de carrera, entre tragos y
chacota, uno de ellos propuso que fuéramos a des estresarnos en algún bar
nocturno. Y como todos estábamos ya surtidos por el alcohol, ninguno se negó.
Estando dentro del lugar, teníamos que subir la escalera hacia el segundo piso,
ya que en el primero quedaba un gélido restaurante con tres o cuatro
comensales, no recuerdo por el alcohol. Éramos cuatro, Javier, Peter, Frank (el
de la propuesta) y yo. Todos subimos como pudimos uno empujando a otro por
atrás, jugando al trencito como una especie de chacota. Ni bien llegamos al
segundo piso el misterio se adueño de cada uno de nosotros, nos recibieron
cuatro apetecibles señoritas, cada una con un antifaces diferente, una de tigrilla
otra de gatita, la siguiente de zorrita y la ultima de ratoncita. Cada uno escogió
a su dama, yo escogí ala última “la ratoncita” tomamos y bailamos hasta no
poder, ellas no hablaban mas que para inducirnos a adquirir mas bebidas, y
estábamos tan alcoholizados que ni cuenta nos dábamos. Al terminar la noche
cada uno estaba en un cuarto con su dama-compañera, seduciendo a la
lascivia. Ella la ratoncita, me miraba y yo impaciente e idiota, fui desvistiéndola,
como quien abre un regalo de un día menos pensado. Comencé por la
minifalda, luego el toples rojo que llevaba, y mientras lo hacia ella quieta, no
decía palabras, al terminar de desvestirla, fui por el antifaz y oh sorpresa que
me lleve… sí aquello que ustedes también sospechan, era ella. Yo estaba a mil
por hora, y eso fue como un freno al seco. Me senté en la cama, ella se quedó
parada durante 10 minutos, ninguno de los dos dijo nada en el transcurso de
ese tiempo. Luego como con un sentimiento de culpabilidad le pedí disculpas.
Estaba frente ala chica, de la que toda mi vida estaba enamorado, y tenía la
oportunidad de hacerla mía… pero comprendí que aun teniendo relaciones con
ella. Ella nunca sería mía. La abracé como un instinto paternal, no quería
dañarla. Ella lloró, me abrazó fuerte. En los próximos 10 minutos siguientes
nos la pasamos así, luego ella me contó que se mudaron porque su mamá
tenía una deuda fuerte y de todas maneras las iban a desalojar. Me contó
también que luego de mudarse la vida empeoró para las dos, su madre tenía
leucemia, y estaba solo ella indefensa, y sus estudios truncados, por lo que
decidió decir sí, a este trabajo que una amiga de la universidad le había
aconsejado. Cuando a un me contaba avergonzada esa historia sin mirarme al
rostro, le pedí que se vistiera y que nos fuéramos, ella lo hiso, tomó todas sus
cosas y la llevé a casa. Su madre pensaba que ella trabajaba cuidando
ancianos por la noche. Yo no dije nada, Valeria le dijo que se conseguiría otro
trabajo mejor y lo hizo al cabo de una semana trabajaba conmigo
transcribiendo todos mis escritos, y desde entonces decidimos empezar una
relación, porque lo bello de amar es aceptar y no solo sentir.
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