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La luz que me acompaña

 Mientras escribo, me pregunto si la luz tenue y pálida de mi cuarto se cansa de permanecer inmóvil, observándome, medio inclinada, cada vez más vencida por la gravedad, sobre su parante metálico, corroído por la humedad que abunda en mi habitación. Recuerdo el día en que la adquirí. Me la presentaron como la novedad de las redes sociales. En mi cabeza, una buena luz me ayudaría a hacerme famoso. Hoy la pongo de espaldas y en modo cálido para evitar la fatiga visual. Esa luz que tantas veces ha alumbrado mi rostro sin quejarse. Me pregunto si estará tan cansada como yo de los días que parecen noches y de las noches tan largas. Ese accesorio de iluminación dejó de ser solo metal compacto y plástico: pasó a la lista de cosas inertes de mi dormitorio que, aunque inmóviles, me hacen compañía. He dado a luz muchas letras como estas. Por eso me pregunto: ¿se cansará más de darme luz o de hacerme compañía?

La bienvenida y el adiós

 Observo su rostro cansado y pálido. Su cuerpo, que albergaba tantas virtudes, se desvanece. De tanta vida que daba, solo le queda la que está perdiendo. Se le apagó la voz. Su boca es un sepulcro, como una profecía aún no pronunciada. Su piel, que fue lienzo de seda, se ha vuelto frágil pergamino. Duerme a mi lado. Su respiración pierde el compás, como si se despidiera del aire. Sus manos, delgadas y ya sin fuerzas, me tocan. Esas manos que fueron caricias, que dieron bienvenidas y adioses y que hoy se despiden con un roce. Beso su frente. Vigilo sus sueños, como ella vigilaba los míos, cuando su voz me arrullaba, sus brazos me cargaban y su paciencia me enseñaba que siempre había un límite más por descubrir. Es curioso despedir a quien me dio la bienvenida al mundo. Adiós, mitad de mi alma. Mi casa se vestirá de luto por tu ausencia y mi mente desempolvará, día tras día, un recuerdo tuyo. Hasta pronto.

La quietud de tus ojos

                                                         A MLDG Permanece el sabor del primer beso en mis labios; mi mente frecuenta el recuerdo de nuestra primera vez. Las casualidades tendieron un puente entre nuestros pasos y, aquella tarde, aun siendo gigantescamente distantes, tropezamos en la misma ruta. Cuántos rostros tuve que ver. Ay, de mis ojos, que fingieron tanto brillo para no menguar. Cuánto llanto tuvieron que purgar para callar a los fantasmas de ayeres. Ay, de mis pequeños ojos, de mirada taciturna y discordante. Cuánto tuvieron que mudar para ir a dar a aquel lugar de mala reputación, donde el viento los empujó por albur hasta la quietud de tus ojos perdidos, en cuyo reflejo hallaron el brillo que antes desgastaron.

Susúrrame algo al alma

Te escucho. Divagan mis sentidos. Me elevo lentamente: morfina que alivia dolores infinitos. Obedezco a los hilos de tu voz. Cada letra te pertenece, cada verso que siembras en mi inconsciente. Perfecta melodía. Me doy por vencido. El ruido del pensamiento se dispersa. Levito. Armonía inquietante entre la mente y el universo. Susúrrame algo al alma. Te escucho. Soy el recipiente donde te viertes, soy los dedos que presionas, soy la tecla que te transforma en palabras. Dime cómo te sientes. Cuéntame tus luces y tus sombras. Te escucho. Susúrrame al alma.

Pequeña amiga desconocida

Te lanzo estas palabras sin mesura. Me miras sin mirarme. No sabes que existo. No escuchas mis aullidos. Pero estás ahí: a veces menguante, a veces llena y otras, creciente. Pequeña amiga desconocida, te miro y olvido la gravedad. Tus sombras me hablan y creo escuchar sus palabras, llenas de ausencia, de tanta oscuridad, de tantos conjuros. Tus sombras condensan el llanto, los gritos de quienes, como yo, te hablan sin creer que serán oídos. Pequeña amiga desconocida, que brillas con luz ajena, guardiana secreta de mis constantes desvelos, renuevo contigo este pacto ajeno: hablarte sin que me escuches y escucharte sin que me hables.

Bucle

Me va a tomar tiempo sonreír con sinceridad. Letras de canciones, poemas, todo aquello que te escribí y dije se encuentra agrupado en ese lado de la memoria que no muere. Quizá el reflejo de tu imagen en mi cabeza ya no sea más que un fantasma que distorsiona lo que solías ser. Quizá ya no soy el mismo a quien solías amar; de lo contrario, estarías aquí, no solo como un recuerdo intransigente. Tu perfume ácido me persigue cada vez que mi mente te nombra. Tus pasos sin compás aún transitan en mis sueños. Te esparces: humo agitado en el incendio, pulmones sin oxígeno, ojos exorbitados, cianosis, hollín. Abro los ojos: tu reflejo despertó conmigo, tu perfume traspasó mis sueños.

Anatomía de lo que fuimos

Pasión inyectada, rompiendo la calma: avalancha imprudente, tu mano derecha acompañando la mía.   Labios libidinosos cumpliendo un sacramento. Dos cuerpos haciéndose un nudo en el alma, abandonando futuros que ya venían con trampa.   Pieles transpirando sentimientos etéreos, placeres recalcitrantes saciándose de noches y días.   Nunca fuimos: ni dos, ni uno solo.   Fuimos el techo de estrellas, la luna menguante.   También fuimos las calles y el parque, la cama húmeda, gemidos de guerras, la noche, la brisa del mar, el cuadro observando, la mesa y el sofá, el sudor y la sal, las palabras previas, las copas con vino, los nervios del azar.   Todo eso fuimos Todo eso que perdimos.