Sin escusas, sin miedos, sin mí
Ahora que estoy desnudo frente a ti
—sin excusas, sin pretextos, sin muros que amortigüen mi verdad—
entiendo que el futuro ya no intimida.
Camino descalzo y el suelo no hiere,
porque tu presencia ha aprendido a volver amable incluso lo incierto.
Ahora que contigo dejé de temerle a las alturas,
sé que puedo soltarme dentro de tus ojos
como quien se arroja a un lugar que reconoce.
Ahí no soy extranjero:
mi nombre no necesita traducción
y mi silencio también es bienvenido.
Ahora que eres copropietaria de mis palabras
y heredera legítima de mis pausas,
comprendes lo que intento decir
cuando te confieso que el huracán que me habita
gira según tu centro.
Como el cíclope que confía toda su visión
a la fragilidad de un solo ojo,
así dependo de ti para mirar sin perderme.
Ahora que envié de vacaciones a mi ego imprudente,
puedo tropezar conmigo mismo
sin arrastrar culpas antiguas.
Ahora que mi idea de “para siempre”
lleva tu nombre adherido como una señal imborrable,
aprendo a jugar a la libertad
sabiendo que, del inicio al final,
libertad es volver a ti.
A tus brazos abiertos,
que reciben las espinas de este tallo que soy,
espinas que no intentas arrancar,
sino aprender a sostener sin herirte.
Ahora que tú eres mi ahora,
el futuro deja de ser una obsesión.
Quisiera que todos los años se llamaran presente
y que todos los días conservaran
la misma fecha suspendida en la piel:
un 22 de diciembre
que, aunque hayan pasado casi tres años,
sigue ocurriendo.
Comentarios
Publicar un comentario