El principio del fin

 Ella estaba tan sola como yo.

Tenía gente cerca —a un par de metros apenas—: madre, padre, tías, nombres disponibles. Pero, como yo, no tenía a quién abrazar. Nadie que le dijera “cuídate” con la tibieza del compromiso; nadie que le ofreciera un “cuenta conmigo” que no venciera al amanecer.

Eso me empujó a aferrarme a ella.

Y a ella la empujó a aferrarse a mí.

No sé en qué momento llegamos tan lejos. Éramos agua y aceite, sí, pero aun así avanzamos hasta donde nos correspondía, solo para descubrir que no todo lo que uno sostiene le pertenece, por más que el apego se disfrace de destino.

La última vez que la vi fue cuando cerró sus maletas y abandonó el cuarto donde intentamos ser hogar. Estaba cansada de alguien como yo: emocionalmente inseguro, inconstante, demasiado blando para su carácter firme; a ratos frío, a ratos manipulador.

Yo, en cambio, venía de un mundo de caricias y palabras suaves. Me encontré de pronto frente a un iceberg. Hermoso, sí. Delgado, aparentemente frágil. Pero iceberg al fin.

Aún la recuerdo porque, incluso al irse, intentó cuidarme.

Las pesadillas y los desvelos vinieron después.

Nunca supe convivir con la frialdad. No sabía cómo amar a alguien que tampoco había aprendido del todo a sentirse amado. Creí —con una ingenuidad casi arrogante— que mi amor podía llenar los huecos que su pasado había dejado. No entendí que el amor no repara aquello que no quiere sanar.

Yo nunca había convivido con nadie.

Creo que ella tampoco.

Y aun así corrimos juntos, apresurados, directo al averno.

Antes de vivir juntos ya nos habíamos separado una vez. Después de meses en una ciudad ajena, a kilómetros de la mía —adonde llegué más por locura que por valentía— decidí volver a casa. La dejé.

Ese gesto marcó un antes y un después.

Cuando retomamos la relación éramos dos desconocidos con memoria. Dos extraños intentando rescatar algo que quizá ya estaba roto desde antes.

Pero ahí estábamos, insensatos, intentando remendar el tiempo de la peor manera posible:

conviviendo.

Alquilamos un cuarto en la casa de uno de sus amigos.

Recuerdo ese día con una nitidez incómoda. Jugábamos a ser pintores en un espacio de dos por dos, donde apenas cabían la cama, una mesa improvisada, un televisor diminuto y la olla arrocera con la que fingíamos construir rutina.

Éramos dos personas intentando caber en un lugar demasiado pequeño.

No solo en metros.

También en emociones.

Y ese día —aunque todavía no lo sabíamos—

fue el principio del fin.

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