Sueños extraños pt 1 Alma gemela

Miércoles 24 de Junio 2020

Hoy me levanté con la sensación de haber recordado algo que había vivido, pero que llevaba mucho tiempo sin recordar.

Me encontraba en un lugar que no conocía. Parecía un refugio para personas durante una guerra. Sin embargo, yo estaba en otro cuerpo. Era diferente, extraño, pero, aun así, sabía que era yo. Me reconocía.

A mi lado estaba Dana, mi pareja, aunque en el cuerpo de otra mujer. Su figura era distinta, pero su mirada no. Esa mirada la reconocí de inmediato.

El recuerdo se vuelve difuso a partir de ahí. Solo sé que, en aquel sueño que estaba viviendo, llegué a morir antes que ella. Después de mi muerte fui llevado a un lugar donde había seres celestiales que enseñaban y preparaban a otras personas que también habían muerto.

Y yo estaba allí, pensativo, en medio de una paz que no había conocido jamás. Desde aquel lugar podía percibir a mi pareja. Sentía que, desde el día en que yo había muerto, la tristeza la consumía. Hasta que, finalmente, ella también murió.

Entonces nos reencontramos.

Aquel lugar era de una paz indescriptible. No había miedo, ni dolor, ni tristeza. Solo una sensación absoluta de estar, por fin, donde debíamos estar.

Pregunté entre las personas que se encontraban allí qué lugar era aquel. Me respondieron que era el sitio al que se llegaba después de morir, un lugar donde las almas podían hacer tratos con los seres de luz y elegir regresar a la vida en otros cuerpos, en otra existencia.

Uno a uno, quienes estaban allí se acercaban a un ser de luz mayor que todos los demás. Le hablaban y hacían su petición.

Cuando llegó mi turno, no pedí riquezas, ni una vida diferente, ni siquiera regresar siendo la misma persona.

Solo pedí una cosa:

volver a vivir en el mismo lugar, en el mismo espacio y en el mismo tiempo que mi pareja.

Y me concedieron la oportunidad de volver a encontrar a mi alma gemela.

En otro cuerpo.
En otro género.
En otra vida.

Pero con la misma mirada.

Entonces desperté.

Y durante unos instantes conservé aquella paz que había sentido en ese lugar. Una paz extraña, profunda, difícil de explicar. También desperté con una conexión más fuerte hacia quien, desde hacía mucho tiempo, sospechaba que podía ser mi alma gemela.

Y no lo deducía únicamente por las emociones que siento cuando estoy con él; por la paz que encuentro cuando me abraza, o incluso por la tranquilidad que me produce simplemente pensar en él.

Lo pienso también al margen de las emociones.

Nuestras vidas parecen dos gotas nacidas del mismo río.

Nuestras experiencias, nuestras heridas y hasta la manera en que hemos aprendido a mirar la vida parecen guardar demasiadas coincidencias. Tenemos perspectivas que, de alguna manera, se equilibran. Y existe entre nosotros una necesidad extraña de encontrarnos, como si algo nos hubiera estado llevando el uno hacia el otro desde mucho antes de conocernos.

Por eso pienso —y, quizá, también quiero creer— que somos almas gemelas.

Dos almas que, de alguna manera, han logrado reconocerse.

Como si ya se hubieran encontrado antes.

Como si, incluso después de morir, hubieran vuelto a pedirse la misma cosa:

encontrarse otra vez.

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