Maldito don


Malditas letras que me desnudan sin permiso,

que me elevan para luego arrojarme al abismo.


Maldita costumbre de escribirle al pasado,

como si las palabras tuvieran el don

de revivir lo sepultado.

 

Maldita poesía,

que seduce incluso cuando estoy cansado.

Malditos recuerdos

que regresan justo cuando el alma intenta descansar.

 

Maldito este don

de convertir el dolor en tinta

y la tinta en refugio.

 

Porque mientras más escribo,

menos me entiendo;

mientras más heridas,

más agridulce se vuelve el verso.

 

Maldito don de letras,

que aprendió a llorar

y terminó rimando conmigo.

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