Habitar el dolor
La mejor de las curas, en tiempos donde las cicatrices se rehúsan a atenuarse,
es aprender a habitar el dolor que deja el recuerdo de quien lo provocó.
Solo si se aprende a convivir con el dolor,
se aprende también a comprender la vida en su totalidad.
Porque venimos al mundo causando dolor a quienes más nos aman,
y nos vamos dejando el mismo eco suspendido en quienes quedan.
El dolor es tan nutritivo como la alegría repentina.
El dolor es tan instructivo,
si uno aprende a mirarlo más allá de su apariencia inmediata.
El dolor existe para recordarnos que nada es permanente,
que cuanto más nos aferramos a algo,
más larga se vuelve su factura.
Y un día, cuando las lágrimas ya no encuentren cauce,
quizá nos encontremos, al borde del camino,
con una sonrisa inesperada que nos diga:
“Valió la pena sufrir, gritar y morder en silencio el dolor.”
Porque se aprende más en carne propia
que a través de las experiencias ajenas.
Solo acariciando el dolor podemos aprender a valorar la vida.
Solo aceptando lo incómodo entendemos que nada es absoluto,
ni la tristeza ni la felicidad.
Y aun así, terminamos dependiendo de la felicidad,
y cuando no está, nos sentimos incompletos.
Entonces nos equivocamos una y otra vez,
eligiendo lo más fácil para llenar el vacío,
confundiendo lo parecido con lo verdadero.
Abrazamos espejismos,
los llamamos felicidad,
aunque nos lastimen en silencio.
Hasta que, casi al final del sollozo,
con el pulso agotado de tanto resistir,
entendemos por un instante de lucidez
que detrás de aquella máscara que llamábamos felicidad
solo había una necesidad desesperada de llenar un vacío.
Y entonces aceptamos, sin más salida,
que el dolor también es consecuencia de nuestras decisiones,
y que a veces, aprender duele exactamente como tiene que doler.
Comentarios
Publicar un comentario