Un fantasma me persigue

Luces apagadas. La música arde a todo volumen, como si pudiera tapar el ruido de lo que pienso. Escribo para vaciarme después de tanto silencio. He cruzado, cuerpos y estaciones desde la última vez que lo hice, y aun así, casi todo me ha devuelto al mismo punto: este cuarto mental donde el pasado no aprende a irse.


Decir adiós fue una herida lenta. Han pasado cuatro años y todavía sangra. No voy a mentir.

Por alguna razón absurda —casi cruel— sigo imaginando la posibilidad de volver a verla. La idea ridícula de que, tal vez, aún habite en su memoria, aunque sea como un recuerdo mal enfocado, una sombra que no termina de desaparecer. Fui yo quien decidió marcharse. Fui yo quien cerró la puerta después de que Gia abandonara la habitación donde alguna vez intentamos ser hogar. Y aun así, no sé si elegí bien.


El “qué habría pasado si nos quedamos” sigue girando en mi cabeza como una discoteca rayada. Han pasado cuatro años, casi el mismo tiempo que habría durado una historia en la que intenté entregarlo todo, aunque —si soy honesto— siempre guardé algo para mí, enterrado en ese rincón interno donde se archivan los recuerdos que no sabemos soltar.


Ahora suena su canción.

Mar Maldita. ¿Cómo se suelta algo así?

Probé todas las formas posibles: el silencio, la distancia, el olvido forzado. Dejé de escribirle, de buscarla en redes, incluso de asomarme al sitio donde vende su cuerpo como quien vende pedazos de sí misma para sobrevivir.

La última vez que hablamos fue por Facebook. Un intercambio breve, educado, casi fantasmal. Nos deseamos lo mejor y le confesé que seguía soñando con ella, como si mi inconsciente se negara a firmar la despedida. Desde entonces no volvimos a cruzar palabra. Y sé que es mejor así.


Aunque también sé —con una certeza que me incomoda— que si volviera a escribirme, si reapareciera con cualquier excusa, algo en mí volvería a encenderse. Un halo de luz empolvado, olvidado en algún rincón del pecho, reclamaría su derecho a brillar otra vez.


Me marcó. Profundamente.

Fue la primera persona con la que me atreví a compartir la vida cotidiana, los silencios, la convivencia. No imaginé que doliera tanto ni que fuera tan difícil arrancar a alguien de la piel. Ambos apostamos fuerte, pero si soy honesto, yo aposté más. Confié como quien se lanza sin paracaidas, y el golpe fue seco, definitivo. El suelo siempre espera.


Antes del regreso final a Lima hubo una despedida anterior. Creí que ahí moriría todo, pero no. El pasado tiene la mala costumbre de resucitar. Tiempo después volvimos a escribirnos y nos sentimos invulnerables, como si el amor hubiera a aprendido a caminar entre ruinas. Yo trabajé entonces en un Call Center y recuerdo haberle prometido que ahorraría para volver a Arequipa, esta vez para vivir juntos, para construir algo propio, para intentar dejar de huir.


Y lo hicimos.


Ella me confesó que, en mi ausencia, sola y rota, comenzó a prostituirse. Y aún así, desde la confusión y la necesidad, decidimos empezar otra vez. Limpiar el pasado. Fingir que el dolor podía archivarse.


Yo cumplí.

Ella también… por un tiempo.


Luego descubrí que seguía haciendo a escondidas. Aquello fue el silencio definitivo. El instante exacto en que algo frágil dentro de mí se hizo polvo. Cambié. Me volví duro, déspota, inmaduro. Sentí que todo intento de rescate, todo esfuerzo por salvarnos, se había ido al abismo. Y yo con ello.


La relación se volvió un campo minado. El pequeño negocio que habíamos levantado se derrumbó después de un robo; Quedamos endeudados, cansados, rotos. Pero para entonces, lo económico era lo de menos: lo nuestro ya estaba enfermo.


Un día tomó sus cosas del cuarto diminuto donde sobrevivíamos y se fue sin mirar atrás. Otra parte de mí se quedó ahí, sentada en el borde de la cama.

Solo, lejos de amigos y familia, conocí la soledad en su forma más brutal. Noches interminables abrazando un colchón que aún guardaba su forma. Recordar dolía como si esos cuatro años no fueron pasados, sino una herida recién abierta.


Huir fue la única salida.

Tomé mis cosas y regresó a Lima, al hogar, a la sensación amarga de haberlo perdido todas dos veces.


En ese tránsito apareció Camila. Yo no buscaba nada serio; apenas compañía, cuerpos que no prometerían permanencia. Pero ella se quedó. Era distinta desde el principio: atenta, cálida, luminosa. La amé, sí, a mi manera, con lo que me quedaba.

Pero se volvió emocionalmente dependiente, y ese peso era una mezcla de culpa y agotamiento.


Intenté terminar muchas veces. Quise estar solo. Pero siempre volvía, atrapado por su fragilidad, por su manera de romperse cuando yo intentaba irme. Sentía que me manipulaba, aunque quizás solo estaba desesperada por no perder. Así regresábamos una y otra vez durante casi cuatro años, sosteniendo algo que se inclinaba peligrosamente hacia un solo lado.


Camila lo merece todo.

Yo no supe dárselo. No por falta de amor, sino porque nunca terminé de soltar lo que vino antes.


Hoy han pasado casi cuatro años más. No sé qué vendrá después. Acabo de terminar con ella. No soporté seguir cargando al pasado como una mochila llena de piedras y la déjé ir.

Tal vez piense que no me duele, pero duele. Duelo profundamente. Solo que el desequilibrio era evidente, y quedarse habría sido otra forma de traición.


Hay un fantasma que me persigue.

Camina conmigo, se sienta a mi lado cuando escribo, canta cuando suena esa canción.

Y no sé cuánto tiempo más tendré que aprender a convivir con él.


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