Mi casa y tú
Entró sigilosamente en la casa deshabitada,
cuando el polvo ya parecía parte de las paredes
y los silencios pesaban más que los muebles vacíos.
Había ruidos afuera:
autos, perros, voces perdidas en la madrugada.
Pero dentro…
dentro habitaba otro tipo de ruido:
ese que hace la conciencia cuando no encuentra descanso.
La casa olía a abandono.
A humedad antigua.
A despedidas.
Las grietas parecían abiertas desde hacía años,
como heridas que nadie quiso volver a tocar.
Y aun así, entró.
No con intención de saquearla;
ya no quedaba nada valioso por llevarse.
Otros habían pasado antes, arrasándolo todo.
Solo quedaban restos:
polvo, humo viejo
y esa sensación amarga
de los lugares donde alguna vez hubo vida.
La observó en silencio,
casi con tristeza,
como quien encuentra algo roto
y aun así no puede dejar de verlo hermoso.
Y en vez de contar los daños,
decidió quedarse.
Entonces empezó lo imposible.
Sacudió el polvo con una delicadeza extraña,
como quien sostiene cristal entre las manos
procurando no romper lo poco intacto que queda.
Fue limpiando despacio
los residuos de antiguos derrumbes,
el olor de los pasados podridos
que todavía dormían en las paredes.
Empezó desde adentro.
Siempre desde adentro.
Y poco a poco la casa dejó de parecer ruina.
Donde antes había sombras,
empezaron a entrar colores.
Donde reinaba el frío,
apareció algo parecido al calor.
Y aunque sabía que aquella casa jamás volvería a ser nueva,
también entendía algo importante:
no necesitaba perfección para convertirse en hogar.
Solo necesitaba a alguien
dispuesto a habitarla sin miedo.
Entonces le entregó parte de sí.
La llenó de pequeños veranos,
de ventanas abiertas,
de luces tibias.
Y la casa, que durante años solo había sido concreto vacío,
dejó de sentirse abandonada.
Porque a veces salvar algo
no significa devolverle lo que perdió,
sino enseñarle que todavía puede ser amado.
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