Transeúnte del exilio

Cuando vuelves del exilio, la única alternativa que te queda
es merodear por los rincones de lo poco que quedó de ti un día anterior.

Es como caminar en círculos,
sin saber si al final tu camino será incierto
o si tus pasos te llevarán al puerto que tanto esperas,
ese que nunca termina de asomarse a la vuelta de la esquina.

Solo te quedas en alerta,
como un perro esperando las migajas de cualquier transeúnte.

Y ves pasar el mundo, la gente, sus problemas, sus afanes…
y te sientes minúsculo ante el peso de todo lo que te absorbe.

Como si fueras apenas un punto más en la ecuación del universo,
un punto con vida, cargando culpas pasadas y ausencias de quienes ya no volverán,
y cuyos recuerdos te persiguen como un pulso constante dentro del pecho.

Cuando vuelves del exilio, después de haberte desenamorado tantas veces de ti mismo,
te das cuenta de que, por más que te odies,
tú —con tus creencias, tus miedos y ese enjambre de pretextos que te habita—
eres lo único que realmente impulsa tus pasos.

Y que puedes ser mejor o peor persona,
dependiendo únicamente del enfoque que decidas darle.

Al final, todos llevamos dentro pequeños demonios y pequeños ángeles
en distintas formas y etapas de la vida,
y es solo por elección propia que aprendemos a equilibrarlos.

Cuando se vuelve del exilio, entiendes que no hay otro lugar más real que ese.
Aunque duela, aunque las heridas aún supuren.

Aprendes que la independencia pesa menos que la fatiga de depender de todos para sanar.
Que el verdadero proceso es interno,
de adentro hacia afuera.

Y aprendes a valorarte, aceptando tus imperfecciones,
y con ello, a valorar también a quienes han tenido la paciencia de acompañarte en ellas.

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