Te Invento en Mi Mente
No importa de qué te disfraces para los demás,
yo siempre te veré como me enseñaste a verte:
con una ternura invisible para los ojos ajenos,
con esa mirada tuya, enredadera silenciosa
que, tarde o temprano, cerca o lejos, termina atrapándome.
Con la calidez de un fuego que quema impurezas
y hace que todo, incluso lo imperfecto, valga la pena.
Con la dosis exacta de imperfección
para convivir en paz con mis propios defectos.
No importa si hoy o mañana jugamos a ser extraños entre nosotros,
nuestras almas ya se conocen
como se reconoce el sol en la soledad
o la rutina en el mundo.
Y aunque yo abra los ojos cada día para seguir respirando,
y tú cierres los tuyos por el peso de la noche,
ambos, desde distintos lugares, seguimos dibujándonos:
yo en mis pensamientos, tú en tus sueños.
No importa si estás aquí o allá,
si estás en mí o sin mí…
yo nunca estaré del todo sin ti.
No importa la distancia, ni los kilómetros que nos separen;
la mente aprende a jugar con la realidad
cuando necesita sobrevivir a lo que siente.
Y entonces te imagino aquí, como solías estar,
con esa sonrisa tuya que es al mismo tiempo felicidad y tormento para mi corazón.
Aunque duela, aunque traiga lágrimas,
aprendo a abrazar lo que ya no está.
Y termino convencido de algo:
sería casi lo mismo si estuvieras.
Porque de lágrimas y risas se construyen las alegrías,
de fuego y dolor están hechas las historias.
Historias que, incluso con puntos finales,
vuelven a repetirse en la mente
dejando esa extraña necesidad de releerlas,
de vivirlas otra vez, de dolerlas, de llorarlas
y de amar cada fragmento de lo que hicieron sentir.
Al final, incluso se ama el dolor que dejaron.
No importa cuántas veces nuestra historia se repita en mi mente,
porque si la mente la detuviera, dejaría de ser historia
y se convertiría en presente.
En este segundo silencioso y malicioso de soledad
que se embriaga en tu recuerdo.
Un recuerdo que duele y al mismo tiempo da vida,
y que aun así… amo con todo lo que soy.
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